La columna

2010/09/11

En El arte de escribir, José Antonio Hernández Guerrero define la columna como un tipo de artículo de opinión que se caracteriza por la brevedad, el ingenio y la agudeza crítica. Es un apunte escueto y ocurrente, un grito de sorpresa, de humor, de sarcasmo, de alegría o de horror. En el libro, el catedrático habla de cuatro tipos de columna: la columna burlesca, la columna crítica, la columna caricaturesca y la columna-denuncia.

La columna burlesca es un juego intrascendente y amable que proporciona distracción y provoca la sonrisa, un espacio de descanso y de diversión. La columna crítica es un examen y juicio agudo y, frecuentemente, irónico, que plantea unas cuestiones generales, señala algunas contradicciones, despierta unos cuantos interrogantes, y estimula la reflexión y la discusión. La columna caricaturesca se vale de comparaciones sorprendentes e hipérboles cómicas para hacer comentarios jocosos y aparentemente frívolos, pero realmente serios. Y la columna-denuncia delata algún defecto en el funcionamiento de las instituciones, en los hábitos sociales, o en las actitudes y comportamientos individuales.

Aunque no soy un periodista profesional, sino aficionado, creo que la columna burlesca no es importante para este análisis. Además, aunque me gusta la clasificación de Hernández Guerrero, pienso que es posible hablar de un quinto tipo de columna: la columna híbrida. Básicamente, la columna híbrida es el producto de las columnas crítica y caricaturesca, y la columna-denuncia.

La importancia de las ideas anteriores radica en que contienen las bases teóricas para la lectura y la escritura de una columna. El lector y escritor de una columna deben saber que los cuatro tipos significativos poseen un carácter marcadamente ético y moral, y deben preocuparse por conocer e intentar cambiar la realidad.

En este sentido, teniendo en cuenta que uno de los objetivos del programa de Jóvenes pioneros del periódico El Colombiano es crear una comunidad de columnistas, hacer parte de dicho programa es un compromiso social importante, una obligación que se debe asumir responsable y disciplinadamente, y una oportunidad que no se puede desaprovechar. El compromiso ético y moral del joven pionero, como lector y escritor, es fundamental para que la comunidad no sea de comentaristas sino de columnistas preocupados por la búsqueda de una transformación sociocultural.

En conclusión, recordando algunas ideas de la filósofa Adela Cortina, quien quiera leer o escribir una columna ha de asumir un imperativo ético y moral que se articula en tres momentos: hacerse cargo de la realidad, cargar con ella y encargarse de ella para que sea como debe ser. En otras palabras, la columna debe ser un medio para ampliar el ámbito de la realidad posible, para idear alternativas viables, para construir una mejor sociedad y para asumir la moral de la responsabilidad.

La columna fue publicado
en Casi un cuaderno el 11 de septiembre de 2010.

La columna fue publicado
en El Colombiano el 11 de septiembre de 2010.

Los mejores cuentos del siglo XX

2010/08/27
  • Catedral (1983) (Raymond Carver)
  • Los muertos (1914) (James Joyce)
  • La bestia en la jungla (1903) (Henry James)
  • No oyes ladrar a los perros (1953) (Juan Rulfo)
  • Graffiti (1981) (Julio Cortázar)
  • El miedo (1902) (Ramón del Valle-Inclán)
  • Deslumbramiento (1982) (Truman Capote)
  • El espejo y la máscara (1975) (Jorge Luis Borges)
  • El hombre que ríe (1953) (J. D. Salinger)
  • Regreso a Babilonia (1929) (Francis Scott Fitzgerald)
  • Problemas, problemas (1972) (Ingeborg Bachmann)
  • La mosca (1922) (Katherine Mansfield)
  • Campeón (1924) (Ring Lardner)
  • El álbum (1959) (Medardo Fraile)
  • La buena gente del campo (1955) (Flannery O’Connor)
  • En la bahía (1921) (Katherine Mansfield)

Babelia

El paso de cebra

2010/08/26

Fotografía de Henry Agudelo

Afirman los diccionarios, recordando la piel de las cebras, que el paso de cebra es el lugar por el que se puede cruzar una calle y en el que el viandante tiene preferencia. Es importante tener en cuenta que la cebra, pobre animal solípedo y salvaje, no tiene la culpa. Además, es posible y probable, partiendo de un defecto en los hábitos sociales y en los comportamientos individuales, deducir que los señores filólogos y diccionaristas están equivocados, y, por lo tanto, que es necesario redefinir la palabra.

En primer lugar, el paso de cebra no es el lugar por el que se puede cruzar una calle porque el peatón no la cruza o no la puede cruzar por dichas franjas paralelas. No la cruza por la cebra porque tiene afán o pereza. Y no la puede cruzar por dicho paso porque no hay tal o porque está invadida por algún conductor: un motociclista, un automovilista, un taxista o un busero. En segundo lugar, el viandante no tiene preferencia en el paso de cebra porque la preferencia la tiene el conductor de cualquier vehículo. Si no hay semáforo, cruzar la calle por la cebra es como cruzarla por cualquier lugar. Y si hay semáforo, la preferencia la tiene el ciclista o por lo menos cree tenerla. No es importante hacer hincapié en el ciclista porque éste es merecedor de otro artículo debido a que parece estar convencido de que posee incluso más derechos que el automovilista, pero ninguno de sus deberes.

Por supuesto, es posible encontrar por lo menos una persona (peatón o conductor) que haga buen uso del paso de cebra, pero ésta es una excepción que no altera la regla general. Asimismo, existen campañas contra la falta de racionalidad que son necesarias pero, desgraciadamente, insuficientes. Entre éstas, la reciente campaña a favor de la inteligencia vial es digna de admiración y también es merecedora de otro artículo. El estudio se basa en una premisa cuestionable que dice que el hombre tiene la inteligencia vial y que la solución al problema es simplemente usarla (como si tuviera un interruptor que activara dicha capacidad). Yo, aunque falto de experiencia, propongo que el hombre tiene que desarrollar la inteligencia vial. Sin embargo, la campaña es el resultado de un trabajo muy interesante (y muy sorprendente: por ejemplo, la mitad de los conductores cree que no tiene comportamientos descuidados).

En conclusión, afirmarían los diccionarios actualizados que, recordando la naturaleza salvaje de las cebras, el paso de cebra es el lugar por el que se debería cruzar una calle y en el que el viandante debería tener preferencia. En general, los guardias de tránsito, que deberían ser el peatón y el conductor, no se preocupan por respetar ni por hacer respetar el paso de cebra, y actúan de modo irracional. Se trata, pues, de un problema sociocultural y aparentemente trivial, pero infinitamente trascendental, cuya solución es una transformación posiblemente utópica que es responsabilidad de todos y no de pocos.

El paso de cebra fue publicado
en Casi un cuaderno el 26 de agosto de 2010.

El paso de cebra fue publicado
en El Colombiano el 26 de agosto de 2010.

Todo en redondo

2010/08/10

Pensar que en esta vida las cosas della han de durar siempre en un estado es pensar en lo excusado; antes parece que ella anda todo en redondo, digo, a la redonda: la primavera sigue al verano, el verano al estío, el estío al otoño, y el otoño al invierno, y el invierno a la primavera, y así torna a andarse el tiempo con esta rueda continua; sola la vida humana corre a su fin ligera más que el viento, sin esperar renovarse sino es en la otra, que no tiene términos que la limiten.

Cide Hamete Benengeli

(Selección de Nicolás Arbeláez Estrada)

Un animal enfermo

2010/08/09

El mundo no es bueno —él no tiene la responsabilidad, pobre mundo, somos nosotros los que no somos buenos—. El ser humano se comporta como un animal enfermo de supersticiones, de rutinas, prejuicios, de los que parece que no somos capaces de liberarnos. No mejoramos, no mejoramos…

José Saramago

De la nostalgia

2010/08/06

Recuerdo solamente que he olvidado el acento de las más amadas voces,
y que perdí para siempre el olor de las frutas de la infancia,
el sabor exacto del durazno,
el aleteo del aire frío entre los pinos,
el entusiasmo al descubrir una nuez que ha caído del nogal.
Sortilegios de otro día, que ahora son apenas letanía incolora,
vana convocatoria que no me trae el asombro de ver un colibrí entre mi cuarto,
como muchas madrugadas de mi infancia.
¿Cómo recuperar ciertas caricias y los más esenciales abrazos?
¿Cómo revivir la más cierta penumbra, iluminada apenas con la luz de los Beatles,
y cómo hacer que llueva la misma lluvia que veía caer a los trece años?
¿Cómo tornar al éxtasis de sol, a la luz ebria de mis siete años,
al sabor maduro de la mora,
a todo aquel territorio desconocido por la muerte,
a esa palpitante luz de la pureza,
a todo esto que soy yo y que ya no es mío?

Darío Jaramillo Agudelo